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martes, 10 de julio de 2012

Cabellos alborotados, pantalones negros y zapatos bien gastados. Su rostro refleja su inmensa angustia; de su mano lleva dos niños y anuncia que hay tres más en casa. Dolor vivo reflejan sus ojos, dulzura y encanto revelan los niños, cálido cántico se escuchan de sus labios al momento de decir papá.
Durante 5 años, lleva subiendo a cada carro que se le cruza en el camino, y en cada uno de ellos deja una huella, una historia, una lágrima, una sonrisa. ¿Quién  es este hombre que a pesar de estar tan desolado se atreve a aventurarse en las aguas torrentosas de la vida? ¿Quién o quiénes lo motivan a seguir de pie en su largo  recorrido?
Angelitos los llamaba él, ellos eran el motor que lo impulsaba a salir y a luchar con más ganas. Si no fuesen ellos no encontraría razón para vivir, decía entre sollozos.
Su labor cambió radicalmente, hace 5 años que  cocina en casa, él lleva puesto los mandiles y lava la ropa; se desvela y se entrega con devoción entera. No duerme y a veces no come, pasa noches enteras observando a sus angelitos. Cambió sus ropas de sastre por pantalones de tela simple, aún sonríe; cambió de trabajo y de horario, conserva la mirada en el horizonte, perdió todo lo aparente para vivir, él sigue en camino venciendo obstáculos. Su labor no acaba y empieza en la mañana y en la noche, su labor no concluirá nunca.
La luz que irradian sus ojos son como un cálido sol;  la sinceridad y  la veracidad con la que habla abrigan a un corazón abatido por tan  sorprendente historia. El auto se detiene y en mi mente queda una gran idea: Esta vida sin hombres como él no tendría sentido, un padre como aquel es el que trascenderá a lo largo del tiempo.

Por eso, una lección más de vida me dio aquel hombre que a partir de su sencillez aprendió a ser un verdadero papá. Por ello, quiero felicitar a todos los padres luchadores y forjadores de nuevos caminos, especialmente a todos aquellos que trabajan como ambulantes en las calles.

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